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La Guerra por los Clics

Creadores como Felipe Saruma (Cambio Radical, Atlántico), Lalis (Pacto Histórico, Bogotá) y Elefante Blanco aspiran a curules, apostando por su alcance digital para captar el voto joven. Partidos tradicionales como Liberal y Verde incorporan a estos “outsiders” para competir en TikTok e Instagram, donde Saruma suma 11M seguidores y Lalis denuncia corrupción con respaldo petrista.

Propuestas Clave

  • Saruma: Facultad de cine en Caribe, salud mental, alivio tributario para emprendedores y seguridad para comercios.

  • Lalis: Economía popular, soberanía alimentaria, ley para medios alternativos como Café Político y derechos LGBTIQ+.

  • Elefante Blanco: Control a elefantes blancos (obras abandonadas), conectividad rural como servicio esencial y becas agropecuarias.

Otros como Wally (crítico de Duque), Me dicen Wally y Fairuz Valdiri completan listas, generando debate: ¿ventaja digital o riesgo de “clics vacíos”?

Del like al voto: el fenómeno que divide a los expertos

En las elecciones legislativas de 2022 ya se vio que el capital digital podía convertirse en capital electoral: el youtuber JP Hernández llegó al Senado con cerca de 190.000 votos y se convirtió en uno de los más votados de su lista. Para 2026, varios partidos —del Pacto Histórico al Liberal y Cambio Radical— repiten la fórmula y llevan en sus listas a creadores de contenido como Felipe Saruma, Lalis, Doctor Rawdy o Elefante Blanco, buscando “jalar” voto joven desde TikTok, Instagram y YouTube.

Este movimiento se inscribe en una tendencia global: la política se desplaza al terreno digital, donde el algoritmo y la capacidad de narrar en formatos cortos pesan tanto como las estructuras de plaza pública y maquinaria territorial. En Colombia, analistas recuerdan que una mayoría de ciudadanos ya se informa principalmente por redes sociales, lo que convierte a los influencers en actores centrales del debate público.


Por qué algunos expertos creen que sí transforman la política

1. Representación de nuevas audiencias y voto joven

Politólogas como Bibiana Ortega señalan que la llegada de influencers responde a un proceso social: nuevas generaciones que confían más en creadores digitales que en dirigentes tradicionales. Ven en estos perfiles una vía para que jóvenes, economías populares y sectores históricamente marginados encuentren vocerías en el Congreso sin pasar por las carreras políticas de décadas.

Casos como JP Hernández en 2022 o el youtuber Wally en las consultas internas del Pacto Histórico muestran que comunidades construidas en plataformas digitales pueden convertirse en cientos de miles de votos de opinión, rompiendo parcialmente el monopolio de los clanes regionales.

2. Cambio de lenguaje, formatos y agenda

Analistas citados por El País Cali sostienen que la política se está “armonizando” con dinámicas de una sociedad hiperconectada: videos cortos, directos, memes y narrativas emocionales reemplazan al mitin en plaza y al comunicado de prensa. La política se vuelve más audiovisual, más inmediata y menos burocrática, lo que para algunos aumenta la conexión con la ciudadanía.

Desde la comunicación estratégica, expertos como Javier Ramos destacan que los influencers actúan como nuevos “editores” de la realidad: deciden de qué se habla cada semana, qué escándalo se viraliza y con qué marco emocional se interpreta, desplazando parte de la función clásica de los medios en agenda setting y framing. Eso, bien usado, puede servir para instalar discusiones sobre corrupción, desigualdad o paz que antes quedaban relegadas a columnas de opinión especializadas.

3. Democratización del acceso al poder

Otro argumento a favor es que este fenómeno puede romper, al menos en parte, el cerrojo de los apellidos tradicionales y las maquinarias regionales. El hecho de que creadores de barrios populares, comunidades LGBTIQ+ o territorios periféricos salten a listas al Congreso se lee como un signo de democratización de la oferta electoral, aunque no necesariamente garantice mejor calidad de representación.


Por qué otros los ven como puro marketing electoral

1. Superficialidad del debate y “sociedad del espectáculo”

Consultores y analistas citados por medios como Infobae y Publimetro advierten que la apuesta por influencers se inscribe en la “sociedad del espectáculo”: partidos que sustituyen estructura programática por carisma y viralidad. En lugar de fortalecer escuelas de liderazgo o formación política, muchas colectividades se limitan a fichar rostros conocidos para captar clics y audiencia, sin garantizar rigor técnico ni trayectoria en lo público.

Varios expertos coinciden en que el formato de redes —corto, emocional, binario— empuja a simplificar temas complejos y a privilegiar la polémica sobre el debate de fondo, lo que puede degradar la calidad deliberativa del Congreso. El riesgo es terminar con “influencers legisladores” más enfocados en crear contenido que en leer proyectos, negociar reformas o ejercer control político serio.

2. Cooptación por maquinarias y contradicción discurso–alianzas

El caso de Felipe Saruma ilustra una de las críticas más fuertes: la tensión entre discurso de “renovación” y alianzas tradicionales. La creadora de contenido Laura Camila Vargas cuestionó públicamente que, mientras Saruma se presenta como alternativa fresca, su campaña estaría apoyada por estructuras del clan Char y liderazgos locales asociados a la política tradicional del Caribe.

Investigaciones citadas en ese debate señalan eventos organizados por concejales, ediles y operadores políticos, con tarimas, movilización de gente y logística propia de campañas clásicas, lo que para sus críticos demuestra que el relato de independencia sería, en el mejor de los casos, incompleto. En este sentido, algunos expertos concluyen que muchos influencers no reemplazan las maquinarias, sino que se integran a ellas como “rostro amable” para vender lo mismo de siempre.

3. Falta de transparencia, pauta encubierta y desinformación

Análisis como el de Ricardo Galán sobre el poder político de los influencers apuntan a la opacidad en la relación entre creadores, Gobierno y campañas: en Colombia suele ser poco claro cuándo un contenido es opinión genuina y cuándo es publicidad o pieza pagada. Esto abre la puerta a propaganda disfrazada y a campañas de desinformación amplificadas por figuras con alta credibilidad entre sus seguidores.

Además, el modelo de negocio de las plataformas premia el conflicto y refuerza identidades negativas, lo que alimenta polarización afectiva y burbujas informativas donde los seguidores adoptan posturas miméticas, más guiadas por lealtad emocional que por evaluación crítica.


El laboratorio Saruma–Lalis: entre renovación y continuidad

Saruma: narrativa de emprendedor vs alianzas cuestionadas

Felipe Saruma llega a la campaña con millones de seguidores y un relato de joven emprendedor que habla de cine, salud mental y apoyo a emprendedores, ahora convertido en candidato a la Cámara por Atlántico con Cambio Radical. Para sus defensores, su figura permite acercar temas como la precariedad juvenil o las oportunidades en la industria creativa a una audiencia que nunca miró al Congreso.

Sin embargo, las denuncias de Vargas y las investigaciones que lo vinculan con el respaldo del clan Char llevan a varios analistas a preguntarse si estamos ante una renovación real o ante un rebranding cosmético de las mismas estructuras de poder regional. Es precisamente esa ambigüedad la que alimenta la tesis de que, en muchos casos, el influencer es una capa de marketing sobre la política tradicional.

Lalis: activismo digital, contratos públicos y poder institucional

En el caso de Lalis, su tránsito de creadora de contenido petrista a candidata del Pacto Histórico por la Cámara de Bogotá se apoya en una trayectoria de denuncias de corrupción, defensa de la economía popular y cercanía con el gobierno de Gustavo Petro. Sus propuestas incluyen impulsar una ley para reconocer y fortalecer medios alternativos y comunitarios, algo directamente conectado con el ecosistema de comunicación digital al que pertenece.

A la vez, reportajes sobre contratos con entidades públicas y su papel como figura influyente en la comunicación oficial del Pacto generan preguntas sobre independencia, clientelismo simbólico y uso de recursos estatales en la construcción de su imagen. Para unos, su salto al Congreso significa que el activismo digital llega al poder; para otros, que el aparato gubernamental descubrió en los influencers una herramienta de marketing político masivo.


Democracia vs espectáculo: lo que dicen los expertos

Voces académicas consultadas por Infobae, El Universal y El País Cali coinciden en que la participación de influencers es un fenómeno inevitable en democracias mediáticas, pero advierten que el punto clave no es su presencia, sino sus capacidades y responsabilidades. Subrayan que, si llegan al Congreso, no dejan de ser influenciadores: seguirán moldeando opinión desde una tribuna más poderosa y con mayores recursos.

Para algunos, esto puede ser positivo si se traduce en mayor control político, pedagogía ciudadana y apertura de agendas ignoradas por los partidos tradicionales. Para otros, el riesgo es que la lógica del espectáculo termine capturando la lógica institucional, reduciendo el Congreso a escenario para clips virales, peleas en X y audiencias segmentadas, mientras las decisiones de fondo se negocian fuera del reflector público.


¿Transformación real o maquillaje digital? Claves para leer 2026

Más que responder con un sí o un no, varios especialistas proponen mirar ciertos indicadores para evaluar si figuras como Saruma y Lalis están transformando la política o funcionan ante todo como estrategia de marketing electoral:

  • Origen y naturaleza de su audiencia:
    ¿Construyeron comunidad a partir de debates políticos y causas públicas o desde contenidos ajenos a la política (entretenimiento, farándula, lifestyle) recién convertidos en plataforma electoral?

  • Grado de independencia frente a maquinarias:
    ¿Quién financia sus campañas, organiza sus eventos y moviliza votantes? ¿Se apoyan en ciudadanía autoconvocada o en estructuras de clanes, contratistas y caciques regionales?

  • Coherencia entre discurso y alianzas:
    Si hablan de “renovar la política”, ¿sus alianzas corresponden a ese relato o se apoyan en partidos y familias con historiales de clientelismo y compra de votos?

  • Capacidad legislativa y técnica:
    ¿Llegan con equipos, preparación y agenda programática sólida o con slogans y promesas generales diseñadas para viralizarse?

  • Relación con la información y la transparencia:
    ¿Distinguen claramente entre opinión, publicidad y propaganda pagada? ¿Se someten a reglas de transparencia sobre pauta, contratos y conflictos de interés?

En síntesis, los expertos están divididos porque observan el mismo fenómeno desde dos lentes distintos: uno que ve oportunidad para democratizar la representación y actualizar el lenguaje de la política, y otro que detecta la consolidación de una política-espectáculo donde el algoritmo y el branding pesan más que los proyectos y las estructuras democráticas. Lo que ocurra en el Congreso que salga de 2026 será el primer gran test para saber si influencers como Saruma y Lalis abrieron una nueva etapa de la política colombiana o si solo fueron la campaña publicitaria más sofisticada de la vieja clase política.

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