La NASA y el Departamento de Energía confirman un ambicioso plan para llevar energía nuclear al satélite natural antes de 2030, en una jugada estratégica para asegurar liderazgo geopolítico fuera de la Tierra.
La Luna vuelve a ser territorio de disputa global
La exploración espacial dejó hace tiempo de ser solo ciencia y pasó a ser estrategia de poder. Estados Unidos confirmó oficialmente su intención de instalar reactores nucleares en la Luna, una decisión que marca un nuevo capítulo en la competencia directa con China y Rusia por el control tecnológico, científico y comercial del espacio.
La NASA, en coordinación con el Departamento de Energía de EE. UU., anunció que trabaja en el desarrollo de un reactor nuclear de fisión que podría desplegarse sobre la superficie lunar antes de 2030, el mismo año en el que el país planea regresar de manera permanente al satélite.
El mensaje es claro: quien controle la energía, controla la presencia… y la influencia.
¿Por qué un reactor nuclear en la Luna?
La clave está en un problema técnico que tiene profundas implicaciones estratégicas: la noche lunar.
Durante casi 15 días terrestres, la Luna queda sin luz solar, con temperaturas que pueden descender hasta -170 °C, haciendo inviables las bases sostenidas únicamente con paneles solares.
Los reactores nucleares permitirían:
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Generar energía constante durante la noche lunar
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Sostener bases humanas permanentes
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Operar sistemas científicos, industriales y de defensa
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Reducir la dependencia de suministros desde la Tierra
Según los planes revelados, el objetivo inicial es un reactor de al menos 100 kilovatios, capaz de garantizar autonomía energética a largo plazo.
Energía nuclear: el arma silenciosa del dominio espacial
Aunque el comunicado oficial evita términos militares, documentos internos filtrados en 2025 hablaban de la creación de “zonas de exclusión”: áreas estratégicas donde otras potencias no podrían instalar infraestructura similar.
En términos geopolíticos, esto significa ventaja territorial sin necesidad de bandera.
China ya avanza en su propio programa lunar junto a Rusia, con planes de bases conjuntas en el polo sur del satélite. Estados Unidos no quiere llegar segundo otra vez.

Trump, la NASA y la nueva “edad de oro” espacial
El proyecto quedó formalizado el 13 de enero mediante un Memorándum de Entendimiento (MOU), enmarcado dentro de la política “America First Space Policy”, impulsada desde la Casa Blanca.
Jared Isaacman, administrador de la NASA, fue directo:
“Estados Unidos está comprometido a regresar a la Luna, construir la infraestructura necesaria para quedarse y realizar las inversiones necesarias para el próximo gran salto hacia Marte y más allá”.
Para lograrlo —admitió— la energía nuclear no es opcional, es inevitable.
Más que ciencia: poder, comercio y futuro
El reactor lunar no solo permitirá sostener astronautas. También abre la puerta a:
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Minería espacial
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Procesamiento de recursos in situ
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Comercio extraplanetario
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Superioridad tecnológica frente a China y Rusia
Chris Wright, secretario de Energía de EE. UU., lo resumió con una frase que mezcla historia y advertencia:
“Cuando la ciencia y la innovación estadounidenses se unen, nuestra nación lidera al mundo hacia fronteras que antes parecían imposibles”.
La Luna, el nuevo tablero del poder global
Estados Unidos no quiere llegar a la Luna: quiere quedarse.
Y en la carrera espacial del siglo XXI, la energía nuclear es el nuevo petróleo.
China y Rusia ya lo saben.
El espacio dejó de ser neutral.
